Siempre me ha llamado la atención la capacidad que tienen los colores para transportarnos, para convertirnos y para visualizar cosas que, muchas veces, no están. La llegada del otoño transforma el color de nuestro armario, el color de las tiendas y nos transforma también el color del alma. Desaparece el blanco, la pureza, la calma, la conexión con el mar y las nubes. Porque ya no queremos oler a verano, porque ha desaparecido, porque llega el frío y queremos ser marrones, como las hojas que caen de los árboles, o negras como el cielo en una tarde de lluvia. 
En días como hoy, con media España bajo el paraguas, días en los que ya sacamos el cuello alto y los chubasqueros del armario, días en que necesariamente las botas negras de piel nos acompañan para esquivar los charcos del suelo, yo me transformo, me cambio, me tele-transporto y me imagino en blanco. Porque el blanco es limpio, porque transmite paz, porque me hace sentir en un sitio en el que respiro profundo y estoy tranquila. Porque allí no llueve. 
Porque no quiero que el blanco desperezca de mi vida como el verano

Besitos
Erika


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